El poder es precario, con poco se llega y con lo justo se gobierna.
Eso indica los resultados de las elecciones presidenciales del último tiempo en Latinoamérica. Los presidentes tienen que gobernar con parlamentos fragmentados o polarizados. Están obligados a negociar acuerdos con la oposición. Esto genera grietas internas en las alianzas de gobierno que llegan con la idea de que pueden empezar todo desde cero, sin necesidad de consensuar cambios.
Hasta no hace poco, los presidentes tenían un período de gracia, algo de tiempo para acomodar las fichas. Hoy no hay margen para postergar el cumplimiento de las promesas de campaña. Y nadie se anima a hacer una campaña sin prometer un mejor porvenir. En muy poco tiempo los presidentes electos quedan a la intemperie porque lo que dijeron que iban a hacer necesita un consenso muy bien articulado.
A esta situación se le suma la precariedad económica del contexto actual. Lo describe muy bien Nouriel Roubini, estamos atravesando una “tormenta perfecta” entre cuatro factores: inflación, estanflación, recesión, y crisis de deuda. Capear la tormenta perfecta requiere el uso simultáneo de instrumentos económicos y políticos, y la paciencia social tiene mecha corta. No hay atajos para generar crecimiento, bajar la inflación, abrir mercados o ser eficiente en el gasto público.
Como si esto no fuera suficiente hay que agregar la guerra fría entre Estados Unidos y China que obliga a los países menos desarrollados a caminar por un camino vertiginoso entre el imán del mercado chino y los valores culturales occidentales ligados a la libertad y la democracia. Vemos a Lula pagando caro su visita comercial a Beijing aceptando la visita política de un amigo del barrio chino. ¿Se puede hacer todo el mismo tiempo?
No termina acá. Todo este panorama, muy resumido, hay que sumergirlo en el contexto de una sociedad digital hipersensible y cada vez más compleja. Hay demanda de consumo, pero también hay demanda de cuidado del medio ambiente. Hay demanda de crédito, pero hay restricciones objetivas para los bancos centrales. Se pide más y mejor. Pero no hay secretos, la clase dirigente política y empresarial se encuentra bajo el escrutinio constante de la opinión pública.
La pregunta es ¿cómo navegar en estas aguas turbulentas? ¿Qué podemos esperar en Argentina para el próximo período presidencial? ¿Tenemos tripulación para atravesar la tormenta perfecta?
En Argentina el próximo presidente sabe lo que tiene por delante: resucitar la macroeconomía con un poder precario. Cualquier medida para bajar la inflación implica un ajuste, ya sea del sector público o del sector privado. Y es imprescindible el diálogo político para que los cambios sean tolerados por la sociedad. Hay que prepararse para asumir el costo político
En la oposición hay candidatos que prefieren dinamitar todo o casi todo y otros que prefieren la moderación. Cualquiera puede ganar las elecciones, pero no todos pueden sostener la gobernabilidad. Los “dinamitadores” no sabrán cómo explicarles a sus votantes que están obligados a negociar para avanzar, y los segundos no pueden sostenerse eternamente sin mostrar un plan de acción.
Alberto Fernández y Mauricio Macri vieron que sus candidaturas no tienen futuro. Empieza una carrera hacia el centro político porque los extremos no generan certezas, todo lo contrario, agregan incertidumbre. Asoma un llamado a la convivencia democrática, veremos si se concreta.